El monólogo inicial de John Cutter (Michael Caine) en la película «El truco final: El prestigio» dice más o menos así:

«Todo efecto mágico consta de tres partes o actos. La primera parte es la presentación: el mago muestra algo ordinario, una baraja de cartas, un pájaro o una persona. El mago lo exhibe, os puede invitar a que lo examinéis, para que veáis que no hay nada raro. Todo es normal. Pero claro, probablemente no sea así. El segundo acto es la actuación: el mago, con eso que era ordinario, consigue hacer algo extraordinario. Entonces intentaréis descubrir el truco, pero no lo conseguiréis, porque en el fondo, no queréis saber cuál es. Lo que queréis es que os engañen. Pero todavía no aplaudiréis. Que hagan desaparecer algo no es suficiente, tienen que hacerlo reaparecer. Por eso, todo efecto mágico consta de un tercer acto, la parte más complicada de este efecto: el prestigio

No me atrevo a decir cómo debe estar escrito un buen relato, pero los que a mí me gustan, los que trato de escribir yo, tienen algo parecido a un efecto mágico.

No me estoy refiriendo a las partes clásicas de una narración: planteamiento, nudo y desenlace. Tampoco creo que John Cutter lo haga. Me refiero a otro tipo de estructura interna. El autor debe plantear un conflicto. Y debe dar claves que indiquen cuál es la solución a ese conflicto. Del mismo modo, el ilusionista que solo trabaja con sus manos y no usa dispositivos mecánicos, nos está mostrando el truco, expone la explicación del efecto a nuestros ojos, pero nos embauca, mantiene nuestra atención tan fuera de foco que hace que no veamos lo evidente. Finalmente, el prestigio nos sorprende. 

Un buen espectador no querrá conocer el truco, prefiere la sorpresa. Un buen lector no quiere conocer el final antes de llegar a él. Lee con atención, pero dejándose embaucar. Prefiere sentir la intriga y permitir que el final le sorprenda. Quizá más tarde relea la narración y se diga a sí mismo: «Aquí estaba la explicación, pero yo no la vi». Y no debe sentirse decepcionado. No se trata de una competición a ver quién descubre antes el engaño. Queremos dejarnos engañar por el mago o por el escritor porque nuestra capacidad de asombro nos mantiene vivos. Nos hace disfrutar.

Por eso me han sorprendido algunos comentarios recientes (no en este blog) a uno o dos de mis cuentos. Alguien dijo que el final de «El amargo sabor de la cerveza» era muy Deus ex machina. Es decir, que era un conejo sacado de la chistera para darle un giro inesperado al relato, pero que carecía de coherencia interna. Es decir, justo lo contrario de lo que afirmo que intento cuando escribo un cuento.

Si eres tan amable de volver a leerlo quizá descubras que hay varias indicaciones en el relato de lo que acaba siendo la resolución del conflicto. No las expondré aquí para no desvelarte lo que prefiero que descubras por ti mismo.

También me ha sorprendido que en el cuento La silueta a algunas personas les haya costado decidir si los personajes son ambos femeninos o no y si uno de los personajes es un maniquí. Tampoco quiero desvelar las claves, pero digo lo mismo, si vuelves a leerlo puede que te queden claras ambas cosas. Y también aquí el final está anunciado. Creo que no desvelo nada si digo que si es un maniquí o no se aclara ya en la primera frase.

Cuesta mucho ver los errores propios. En los comentarios a los que me refiero no acabo de encontrarlos. Así es que daré mi propia explicación que me añade mérito. Creo que la parte del embaucamiento ha funcionado. He conseguido mantener la intriga y, por tanto, el interés del lector, alejándolo de las pistas que le habrían permitido «resolver el caso». Y me parece también que a algunos lectores no les gustan los trucos de magia. No quieren que un novato los sorprenda. Por eso, hablan de ambigüedad o falta de coherencia interna en lugar de admitir: «Estaba ahí y no lo vi»

¿Y qué pasa si no lo vieron? ¿Eso los convierte en idiotas? Espero que no, porque cuando leo un relato, espero que me engañen. Quiero ser engañado. Y luego quiero volver atrás para descubrir dónde estaba el engaño y maravillarme por la astucia del mago. ¿Soy idiota por eso?

© J. Ignacio Sendón. 30 de mayo de 2021

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