Al principio era muy sencillo. Yo era el Doctor Jekyll y sabía perfectamente cuando debía convertirme en Mister Hyde. Además, al iniciar el viaje ya tenía en mi poder el billete de vuelta.

Pero, poco a poco, todo se ha ido complicando. Ora el afamado investigador se ve sorprendido por pensamientos y deseos criminales, ora el asesino comienza a mostrar indicios de piedad con sus víctimas. 

Todo esto resulta muy inconveniente. ¿Cómo conservaré el respeto de mis colegas y amigos si mi temperamento se vuelve cada día más inestable? ¿Cómo infundiré pánico en mis vecinos si me limito a robarle el aliento a los elegidos sin dar muestras de particular crueldad o ensañamiento?

Estoy muy cansado de representar estos personajes. Una parte de mí no soporta seguir vagando por las calles sumidas en la niebla de Londres buscando una piel en la que hundir mi cuchillo. La otra espera con impaciencia el momento de la transformación, ansía ocupar el lugar del otro. Mi lugar.

Tengo que salir de este bucle sin fin. Debo parar el mecanismo que ha dejado de responder a mis designios. Pero ¿cómo eliminar a uno sin que deje su impronta en el otro? ¿Cuál de los dos debe prevalecer?

Observo en el espejo mi cara enjabonada dispuesta para el afeitado. La luz cenital se refleja en el filo de mi navaja de barbero y, por un momento, me deslumbra. Cuando vuelvo a mirar, un corte horizontal recorre mi cuello de lado a lado. Un reguero de fresa y nata desciende por mi camisa y gotea sobre suelo. Un instante después, es mi cuerpo el que descansa sobre el tablado.

Silencio entre bambalinas y en el foso. Estupor en el patio y los palcos.

¡Telón!

© J. Ignacio Sendón. 31 de mayo de 2021

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