No era más que una silueta a contraluz, pero se enamoró perdidamente. Muchos años después, recordando aquel momento, volvería a sentir la misma sensación de incorporeidad que la inmovilizó y le impidió acercarse a ella.

Cada día regresaba tratando de volver a encontrarla. Y siempre la misma decepción. Muchos días llegaba antes de la hora en que la vio por primera vez y se marchaba bastante más tarde. Otros, solo le quedaba tiempo para permanecer unos minutos esperándola. Pero nunca apareció. 

A solas, imaginaba cómo sería encontrarla, qué le diría para presentarse, cuál sería su reacción. No la conocía de nada, de modo que le inventó un nombre, unas facciones, una profesión y hasta un pasado. Estuvieron a punto de conocerse de niñas. Tenían amigos comunes. Trabajaban en la misma empresa. Eran vecinas en el pueblo en el que ambas veraneaban. Compartían abogado. Todo lo compartían.

Pero el ansiado encuentro nunca se produjo. Y poco a poco fue espaciando las visitas. Acortando su duración. Muchas veces, incluso, permanecía dentro del coche contestando mensajes en el móvil y dirigiendo solo miradas fugaces al lugar en que ella debía aparecer.

De manera natural, acabó abandonando esa liturgia y la olvidó.

Y durante todo ese tiempo, ella, arrumbada en un rincón de una fábrica de maniquíes, la añoraba y lloraba cada tarde lágrimas de cartón piedra.

© J. Ignacio Sendón. Alicante, 18 de mayo de 2021

PS. Este cuentito es deudor de la canción «De cartón piedra» de Joan Manuel Serrat que se escucha de fondo. No tenía la intención de hacer una versión o una adaptación, pero, sin quererlo, ni no quererlo, acabó convirtiéndose en una vuelta de tuerca de esa historia.

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