He decidido dejar de seguir las noticias. Ni prensa, ni radio, ni televisión. No soporto seguir siendo testigo de la maldad humana. Va mucho más allá de mi capacidad de entendimiento el que haya tantas personas capaces de aceptar la muerte de semejantes si con esas desapariciones su vida es más placentera. No hablo de sádicos ocultos en sótanos malolientes cuyas paredes están cubiertas con instrumentos de tortura en los que se acumula la sangre de víctimas inocentes. Me refiero a clientes de mi misma panadería, a viandantes que pasean por las mismas calles que yo, al repartidor que me trae los paquetes de Amazon o la farmacia online. Estoy pensando en sujetos que parecen ser como tú o como yo, pero para los que tu vida tiene menos valor que la cerveza que se toman con sus amigos.

Todo empezó cuando leí en una noticia lo que decía una joven para explicar por qué hacía botellón en  lo más duro de la pandemia: «A mí, sinceramente, los muertos me dan igual». En el resto del artículo, otros jóvenes expresaban opiniones concordantes con la de esta chica que, igual te la encuentras al día siguiente en el autobús y te cede el sitio amablemente. Quizá no.

Ha tenido su continuación en las elecciones del 4 de mayo en Madrid, en las que más de un millón y medio de votantes han elegido la opción encabezada por Isabel Díaz Ayuso.

Se pueden cometer errores en la gestión de la pandemia. El gobierno central ha caído en ellos. También los gobiernos autonómicos y la Comisión Europea. Y lo mismo otros gobiernos extracomunitarios. Hasta la OMS ha incurrido en contradicciones y rectificaciones. Es humano y, además, se trata de algo nuevo para estas generaciones. La experiencia de pandemias anteriores, como la de la gripe de 1918, no era de aplicación un siglo después como en aquella ocasión no se tomaron las mismas medidas que para combatir la peste que asoló Europa y Asia en el siglo XIV. Sin embargo, una cosa es cometer errores y otra muy distinta es tomar decisiones sin que importe el coste en vidas humanas. Por poner solo dos ejemplos, el gobierno madrileño presidido por Díaz Ayuso decidió en lo peor de la primera ola que los internos de las residencias de mayores no fueran trasladados a centros hospitalarios. Dicho de otra manera, los abandonó para que murieran en sus centros. Que yo sepa, fue la única comunidad que tomó semejante decisión. Otros gobiernos se afanaron en construir hospitales y UCI de campaña. El gobierno madrileño hizo algo semejante en el IFEMA pero sin dotarlo de sanitarios. Y después construyó una burla de hospital sin quirófanos ni profesionales en plantilla. Eso no son errores. Eso es desprecio a la vida humana.

Y cientos de miles de personas han escogido esa opción para que forme gobierno en Madrid. No me refiero a personas que han votado a quien promete bajar impuestos, lo que visto desde el prisma de un trabajador es una estupidez, sino a las que lo han hecho pensando en la apertura de los bares y no en el coste en vidas humanas que han tenido las medidas de la dirigente popular. No olvidemos que, pese a tener una de las mayores incidencias acumuladas, Madrid es la comunidad que menos restricciones ha aplicado.

Nuevamente se aplica el «a mí, sinceramente, los muertos me dan igual».

Pero la gota que ha colmado el vaso es un hecho que, aunque se produjo antes, a mí me ha llegado más tarde. Escucho en un programa de radio que días atrás tuvo lugar una manifestación xenófoba en Arguineguín (Mogán-Gran Canaria). Eso ya es terrible de por sí, pero en uno de los audios se escucha a una persona, coreada por otras, increpar a una cooperante de la Cruz Roja acusándola de criminal y conminándola, a ella y a sus compañeros de la ONG, a abandonar la isla. ¿Cuál es el crimen cometido por esta cooperante? Pues muy sencillo: ofrecer ayuda humanitaria a los inmigrantes que llegan a la costa: ¡Ayuda humanitaria! O sea, salvar vidas. Y su labor es considerada un crimen.

Decía la miembro de la organización de ayuda que ahora le daba miedo ir por la calle con el chaleco de la Cruz Roja. Y como a ella, a todos sus compañeros.

¿Hasta ahí hemos llegado? ¿Deberíamos dejar que los inmigrantes mueran sin llegar a la costa? ¿Devolverlos al mar si es que han llegado? 

Sé que algunos comparan esta situación con la previa a la llegada al poder de Adolf Hitler en 1933. Y paralelismos los hay, sin duda: la exaltación del nacionalismo español, la criminalización del diferente (en 1933, comunistas, judíos, ciertos empresarios, en 2021, inmigrantes, feministas, comunistas, socialistas…), la defensa de una libertad que nada tiene que ver con los auténticos derechos fundamentales, etc. Sin embargo, hay una diferencia esencial. En la tercera década del siglo XX apenas existían medios que permitieran a los ciudadanos informarse. En 2021 tenemos infinidad de medios de prensa escrita o digital, radio, televisión y otras fuentes de información, normalmente basadas en la web. Hay formas sencillas de detectar cuando una noticia es un bulo. Es muy fácil saber cuando alguien nos miente. Y sin embargo, una joven afirma que no le importa la gente que muera mientras ella pueda pasárselo bien. Unos individuos repugnantes exigen que se deje morir a los inmigrantes para que no manchen con su presencia las calles de su pueblo y una parte muy importante de los madrileños eligen para que les gobierne a la persona cuya estrategia frente a la pandemia fue abrir bares antes que hospitales.

No quiero saber nada más de este mundo.

© J. Ignacio Sendón. 10 de mayo de 2021

PS. Pablo Iglesias no es mi político favorito, pero, al parecer, una parte del éxito de Díaz Ayuso se ha basado en convencer a los madrileños (trabajadores) de que Pablo Iglesias es el mismo demonio. Otro criminal cuyo delito ha sido escorar al gobierno y favorecer medidas como la cobertura de los ERTE que han salvado de la miseria a casi un millón de trabajadores de este país. Mucho mejor abrir bares. ¡Dónde va a parar! 

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